La guerra de las mujeres

Ser mujer es la construcción social no opresiva cuyos “defectos” no parten más que de la confianza puesta en que la sociedad y en que el hombre vaya a tratarnos de forma igualitaria. Cuando, hablamos entre amigas y alguna de mis compañeras, o yo misma, contamos alguna discriminación sexista que hemos vivido, es común escuchar la frase “en parte es culpa tuya, por haberlo permitido”.  No me gusta esa frase, por muchas razones. Primero porque la palabra “culpa” me eriza la piel, prefiero usar “responsabilidad”. Y en, segundo lugar, porque entiendo que lo que se nos está diciendo es “eres merecedora de esa discriminación por haberte confiado”, como si confiar en la gente que amamos fuese algo malo. Las mujeres no somos ni culpables, ni merecedoras ni, ni mucho menos, generadoras de las discriminaciones y violencias patriarcales. Tampoco somos víctimas pasivas, somos sobrevivientes de un sistema que intenta aniquilarnos, violarnos, aprovecharse de nuestro trabajo gratuito, etc.

Ocurre que, cuando la confianza que depositamos en el hombre, en el sistema, viene traicionada, a veces nos damos cuenta del engaño y logramos ser conscientes de que nunca seremos tratadas desde la igualdad ni en pareja, ni laboralmente, ni, en general, como ciudadanas. En esos momentos, las mujeres entramos en lo que Lagarde denomina un proceso de luto. Es un proceso, doloroso pero necesario, en el que las mujeres tomamos conciencia de nuestra verdadera posición en el mundo para poder, por fin, empezar a negociar. Cuando alguien nos dice “en parte es culpa tuya por permitirlo” es como si se diera por supuesto que se partía de la misma posición en la negociación o como si se nos estuviera echando en cara el haber sido una mala negociadora o demasiado “buena” (¿Se puede ser demasiado buena o es que me estás llamando tonta? Porque yo creo que el tonto es él). No creo que ninguna mujer verdaderamente consciente de su posición de segunda en esta sociedad pueda decir esa frase y creérsela. Ninguna mujer que haya realizado el luto de saber que su compañero o su jefe la mirarán siempre desde el pedestal del primer sexo, puede creer que las mujeres somos culpables de las violencias machistas.

Y con estas reflexiones no estoy llamando a las mujeres al victimismo generalizado, al contrario, estoy llamando a una negociación consciente. Tampoco estoy haciendo alarde de una receta mágica de estrategias feministas para llegar a la igualdad, entre otras cosas porque no creo que la igualdad sea posible aún. Este artículo pretende ser una propuesta a las mujeres para que lloremos el luto de sabernos el bando con menos artillería y usemos las armas que tenemos (que son muchas) de forma consciente, inteligente y de la manera más conveniente para nuestras vidas. Esto es la guerra, pero no es una guerra de hombres, una de esas en las que se bombardean ciudades, esas de las de Bush o Merkel. No, esta es la guerra de las mujeres y no creo que hay que convertirse en hombres para ganarla, es más, creo que al convertirnos en hombres la perderíamos. Es la guerra donde, hasta el momento, solo han habido bajas de nuestro bando(a excepción de Andy Warhol, muerto a causa de las secuelas del único ataque feminista de la historia) y algunos gloriosos casos de autodefensa. Definitivamente, “la culpa es tuya por permitirlo”, es una trampa lingüística odiosa que no permitiré que me vuelvan a decir.
La segunda falacia que quería desmontar es esa, molesta como una mosca siestera, que aparece en casi todas las conversaciones cuando se habla de política heteropatriarcal y que se hace verbo en la frase: “Pues la Thatcher era mujer”. La Thatcher, al gobernar, no era mujer. La apropiación de una identidad de género diferente a la asignada al nacer no siempre es un acto de subversión política que busca la libertad y la justicia. A veces asumimos identidades de género de forma opresiva. Merkel, Thatcher, Aguirre o Botella no usan testosterona en gel porque no quieren transformar sus cuerpos, pero todas ellas se enfrentaron al rol que les fue asignado al nacer, el de mujer, asumiendo la identidad masculina con fines corruptos. Otra cosa es lo que ellas fueran antes y después de asumir sus cargos públicos. A lo mejor en muchas situaciones fueron mujeres, pero como gobernante son hombres. El género es una construcción social y desde el momento en que las  mujeres abandonan la posición de “no opresión” en política están adoptando un rol masculino. La identidad no es una etiqueta fija, inamovible o intrínseca a los cuerpos, no es biológica y no es única. Cada una de nosotras asume decenas de identidades durante el día: la de alumna, madre, paciente, hija, hermana, abogada, blanca, gitana, precaria… Somos la suma de muchas identidades que podemos ir cambiando con bastante flexibilidad. La sociedad asume estos cambios de rol con naturalidad hasta el momento en el que la asunción de un rol se convierte en subversión. Merkel no es mujer cuando gobierna y al patriarcado no le molesta (demasiado) que subvierta su rol de género porque está sirviendo para perpetuar otros valores opresivos de raza, clase, etc. Pero, por ejemplo, sí le molestaría que subvirtiera su género hormonándose con testosterona porque el vello corporal y otros rasgos físicos pondrían de manifiesto el absurdo de la asignación de los géneros al nacer por razones esencialistas y biologicistas. Por tanto, el ir en contra del género asignado al nacer, aunque en un principio nos parezca un acto de subversión por definición, puede llegar a ser un acto de perpetuación de valores opresivos si, transversalmente, se alía con identidades de clase, raza, especie, edad, etc.
Por otro lado, una vez más nos damos cuenta de cómo el uso del lenguaje suaviza la lucha hasta camuflarla y finalmente cancelarla. Cuando el feminismo denuncia las violencias heterosexuales aparece la palabra “heterocentrismo” como si la heterosexualidad fuese mala pero sólo si se abusa de ella. Cuando denunciamos  el coito como fuente de control del cuerpo de las mujeres a través de la reproducción, de la dificultad de acceso al placer y como base de contagio de enfermedades, aparece “coitocentrismo” para avisarnos de que el coito es malo, pero solo si se abusa. Cuando denunciamos que el rol masculino, el ser hombre, es por definición el ostentar la posición opresora, nos venden los términos “nuevas masculinidades”, “hombres por la igualdad” o “hembrismo” para decirnos “también hay hombres buenos y mujeres malas”.
Basta, empecemos a llamar a las cosas por su nombre. Hay frases prohibidas. No podemos decir Esperanza Aguirre es un hombre aunque se comporte como tal (y ser hombre no se nace, se llega a serlo, lo recuerdo por si alguien se despista). Eso no se puede decir porque conviene que creamos que se puede ser mujer y ser opresora. Pero la cuestión es que Aguirre no es opresora por tener útero. Ni siquiera es opresora por ser mujer en algunos momentos de su vida. Es opresora por ser hombre mientras gobierna, por ser rica, por ser blanca, o por ser adulta, pero nunca por ser mujer. No se puede ser mujer y opresora porque es una contradicción lingüística y conceptual. Tampoco podemos decir que existen “hombres maltratados” no porque no haya hombres que estén siendo maltratados sino porque no están siendo maltratados por ser hombres. Estarán siendo maltratados por ser negros, pobres, inmigrantes, tímidos, discapacitados, etc. pero no por ser hombres.
La Thatcher y la Cospedal, en cuestión de raza, son blancas, y por tanto racistas, en cuestión de clase, ricas y por tanto, clasistas, en cuestión de género, hombres y por tanto machistas. En su vida privada no tengo ni idea de lo que son, pero como gobernantes lo tengo muy claro. Para mí es esencial empezar a identificar el rol social con la discriminación que provocan. Es lo mismo. No hay blancas buenas, si somos blancas estamos adoptando el papel de opresoras y una vez más no es una cuestión de culpa judeocristiana, no debo pedir perdón por ser blanca, ni siquiera por las atrocidades que mis antepasados y mis coetáneos realizaron como colonizadores. Pero sí debo ser responsable y consciente de mi posición de opresora y no decir tonterías como: yo soy blanca pero no provoco racismo. Podrás estar incluso en contra del racismo, podrás tener una hija negra adoptada e intentar asumir su problemática como si fuera tuya, podrás intentar subvertir tu rol a través de la transracialidad, pero te guste o no, la identidad que te asignaron al nacer te perseguirá el resto de tu vida en forma de opresión hacia las personas no-blancas.
Por último quería explicar que no creo en el binomio biológico versus social. Somos socialmente biológicos y biológicamente sociales y lo ético, a mi entender, es ser mejor en cuanto nos acercamos a las identidades no opresoras. Creo en la identidad como ente político exento de cuerpos y personas desde el punto de vista subversivo pero no desde un punto de vista factible a corto plazo y es imprescindible que tomemos consciencia de quiénes somos, nos guste o no, a ojos de la sociedad.
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