Santa Olga: el pueblo calcinado por el fuego de Forestal Arauco (Crónica + fotos)

Este relato fue escrito por uno de los colaboradores Inkietos, cuya pareja y la madre de esta fueron a visitar y a ayudar a familiares que vivían en distintas casas del poblado de Santa Olga. Fueron parte crucial de este viaje su hermano y la pareja de este, quienes recolectaron y repartieron artículos de primera necesidad a quienes los requerían con urgencia.

Infierno en la ruta

                Partimos a las 8 de la mañana. Nos sumamos a la caravana interminable de bomberos, organizaciones y, sobre todo, personas comunes y corrientes que llevaban sus autos cargados de ayuda humanitaria con más premura que las instituciones estatales encargadas de eso. En nuestro caso íbamos directamente a apoyar a familiares afectados, pero se dio la coincidencia de que la catástrofe ocurrió ad portas de un fin de semana lo que contribuyó a que muchos se animaran a emprender la travesía, movidos por el afán de contribuir, dificultando el tráfico fluido en la carretera.

                Bajo el humo de Santiago instalé los carteles “Fuera forestales” y un pino invertido y tachado en el parabrisas trasero que en todo el camino suscitaron sólo un bocinazo y un dedo arriba de aprobación. Ya entrando a la región del Maule el humo se volvió espeso y bajo, como neblina, haciendo que el sol se viera como un disco rojizo. El espíritu positivo y hasta festivo de los convoyes contrastaba con el aire pesado y el calor abrasante que nos anunciaban el verdadero tenor de la tragedia.4

                En la ruta que une San Javier con Constitución nos acercaríamos un poco, nada más que un poco, al terror de vivir un incendio en un desierto repleto de leña. Ambulancias retornando  a toda velocidad y volumen, carros bomba y aljibe pidiendo el paso para ir a reforzar, autos accidentados a la vera de carretera y, llegando al cruce hacia Huertas de Maule primero y hacia Nirivilo después, enormes columnas de humo negro, vivo, nos anunciaban el peligro de seguir avanzando. Hasta que la ruta tuvo que ser cortada y evacuada de vuelta, lo que nos hizo recular varias veces, perdiendo camino hasta el retén Santa Ana. En ese trance oleadas de pulchén (pavesas) nos cubrían a ratos, distinguiéndose las agujas de los pinos cayendo como paracaídas, completando el cuadro de película apocalíptica. El agua que llevábamos para hidratarnos casi hervía, la que salía de la canilla del retén de pacos también. Durante un tiempo indeterminado esperamos, hasta que se abrió el paso y pudimos avanzar nuevamente hacia el poniente.

                Aproximadamente desde sector del cruce a Nirivilo en adelante, pasando por Las Corrientes, la devastación nos golpeó en la cara: cientos de casas quemadas, gente pidiendo ayuda en la carretera (agua, comida, carpas, forraje, etc.) cerros completos arrasados y otros tantos aun elevando fumarolas como los montones de serrín de los aserraderos al costado de la ruta, un olor y un calor desesperantes. Esa congoja que se te pone de repente en la garganta, en la nariz y en los ojos, surgida de la más genuina y ancestral empatía de la pérdida de la casa, la hoguera del hogar, ese fuego bueno que nos alimenta y protege bajo la seguridad de un techo, nos invadió ya por completo al ver a la población Los Aromos, conurbada con Santa Olga, totalmente destrozada.

                Lentamente, entre restos de planchas de zinc, cocinas, estructuras metálicas y cuadrillas de voluntarios, cerca de las 8 de la noche, llegamos por fin a Santa Olga. Un milico, prendido a su fusil como si alguien se lo fuera a arrebatar, nos autorizó a entrar al pueblo.

Fotos tomadas en la ruta San Javier – Santa Olga

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Una bomba de tiempo en el vecindario

                Un huracán de fuego pasó por Santa Olga. “Una hora, una hora y media se demoró en quemarse todo”, me dice un poblador. Quedaron en pie el retén – que sólo vio derretido su revestimiento plástico- y las estructuras de concreto que había en el liceo, el jardín infantil, el supermercado y una que otra casa. Las demás todas de madera, el recurso que atraviesa la vida de los santaolguinos (y de los maulinos y otros tantos gentilicios que forman parte del “nuevo inquilinaje” de la industria forestal en la zona central) y que los llevaría cerca de la muerte.

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Vista satelital del sector antes del incendio. Google Maps

               El pueblo limita al sur con el aserradero El Cruce, de propiedad de Arauco (Angelini), y al norte con una plantación de pinos del mismo dueño, cuyas copas están casi encima de las casas que habían en el borde. Sólo los separa el escuálido río Purapel, que alguna vez fue río, cuyas aguas son bombeadas para alimentar las máquinas del aserradero. Los días previos de incendios en el sector, muchxs vecinxs habían alertado que la empresa no se estaba haciendo cargo y que prácticamente estaban dejando abandonado el complejo que además de la madera y sus derivados, albergaba materiales industriales altamente inflamables.

                El fuego llegó por ese lado, allí se multiplicó lanzando pavesas que fueron a dar al frente, a la plantación, que comenzó a incendiarse un poco antes que el pueblo. En la medida en que sus copas ardían sus troncos se iban quebrando contribuyendo con sus estruendos al clima infernal de esa noche terrible, cuentan.

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Foto tomada por un drone. Vista desde la población Los Aromos, al fondo Santa Olga.

                El aspecto de Santa Olga y de Los Aromos después del fuego y antes de las labores de limpieza era el de un poblado atacado con una gran bomba. Troncos de árboles en pie, negros aunque vivos aun, con sus manzanas o ciruelas asadas; cadáveres de gatos y perros acurrucados aquí y allá; esqueletos de automóviles; neumáticos usados como muros de contención humeando continuamente y expeliendo el olor de una barricada perdida en el tiempo y el espacio. En la tierra quemada del sitio de Los Polines 192, donde antes había una casa, plantas, frutales, lugar donde las personas que acompañamos en este viaje habían pasado grandes momentos de infancia, de alegría y de pena, sólo encontramos íntegras cucharas de bronce, herramientas de fierro, bombillas de mate, una tetera, los platos de la cocina a leña, pedazos fundidos de aluminio y otros elementos metálicos.

                Un poblador, de la familia que vamos a apoyar y acompañar, cuenta que alcanzó a salvar su vehículo con algunas cosas adentro y que tuvo tiempo para trasladar herramientas y materiales de trabajo desde su casa al círculo central de la cancha. El fuego voló, como lo ha hecho durante todo este mes, como lo hace cada verano aprovechándose de que su enemigo natural, el agua, está secuestrada, hizo contacto con un bidón de combustible y toda la materia posada en ese lugar se difuminó dejando no más que un manchón de pasto quemado.

                Noventa minutos más descuentos. En ese tiempo, que pasa tan rápido cuando se va en desventaja, se esfumaron la tranquilidad, la dignidad y los recuerdos de miles de familias.

Fotos tomadas por poblador de Santa Olga

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Espectáculo, paranoia y trauma social

                La noche de ese largo sábado cayó pronto. Ya instalados en el campamento improvisado al costado poniente de la cancha, junto al cauce seco de un estero, otro de tantos, comenzó una también larga noche en la que hizo aparición la catástrofe social.

                En conjunto con un gran camión repleto de ropa, agua y voluntarios de la comuna de La Granja, de un grupo de cocineros que preparó varios platos y de un grupo de clowns que montaron un show para niñxs, llegó Rafael Araneda con un equipo de CHV. No escuché nada de lo que habló, pero no es difícil imaginarlo festinando frente a las cámaras, con su tono entre imbécil y burlón, “la familia, los niños, la casa, ah?!”. No sé por qué me contuve de pegarle una paipa y/o una patada en la raja. Probablemente porque la mayoría de la gente me habría linchado a mí de vuelta. Y es que bufones y cortesanos de la televisión gozan de un prestigio inalterable, aun cuando –o tal vez por eso mismo- no se atrevan a tocar a Arauco, a CELCO, a CMPC, a Mininco, y no apunten al modelo de producción forestal como un factor que aumenta la propagación de los incendios. Al otro día, Araneda aprovecharía la luz solar que pasa a través de las nubes de humo para hacer llorar a las personas que perdieron sus casas mientras las entrevistaba.

                Con todo, esa noche iba tranquila hasta que los voluntarios de La Granja y otros grupos de gente comenzaron a advertir que andaba gente prendiendo fuego, lo que reactivó ciertas creencias que, en el revoltijo emocional de la crisis y azuzadas por el transmitir constante del Espectáculo, han hecho carne en las víctimas. Muchos pobladores y pobladoras cuentan los hechos como si alguien en particular hubiese provocado la quema del pueblo; dicen “nos quemaron por este lado y por el otro”,  “prendieron primero el aserradero y después prendieron los pinos del frente”, “sabían lo que estaban haciendo”, etc. Las tesis de la intencionalidad, de los pirómanos, del terrorismo y todas esas ideas que los medios de comunicación dominantes han introducido en las conversaciones sociales para desviar la responsabilidad de las condiciones de base para la propagación de mega-incendios: la crisis hídrica, la desertificación y el modelo forestal sustentado por el Estado y el duopolio Matte-Angelini.

                Si bien era muy posible que se reactivaran focos  de incendio puesto que todo alrededor estaba en cenizas y éstas estaban calientes y probablemente con combustiones subterráneas, en un momento alguien gritó “!están quemando, hay fuego!”, pero yo no vi nada. Estábamos en la cancha y apuntaban a la plantación de Arauco del lado norte, la que en la oscuridad parecía abrir sus fauces para comerse ese lado en ruinas del pueblo, pero yo no veía nada. A esas alturas los comedidos voluntarios habían salido corriendo, con palas, palos y quizá que otra arma en mano, y el pánico se expandía entre los damnificados y demás personas acompañantes. Yo había dormido poco la noche anterior, me restregué bien los ojos, miré a otro lado y luego enfoqué nuevamente a los pinos: nada, no había fuego. ¿Me estaría volviendo loco? Todos a mi alrededor parecían creer que había fuego y no sólo eso, sino que además estaba siendo provocado por alguien, un pirómano, un maldito sin corazón, un desgraciado que si lo tuviera aquí le sacaría la cresta, agárrenlo y denle su buena apaleadura, traigánlo a la cancha, ¡mátenlo! Así transcurrió un buen rato, por distintos lados se oían gritos, hasta disparos, rumores de que andaban a caballo, de que suben a los árboles para que no los vean, de que habían agarrado a uno allá en el alto, de que los milicos no hacen nada (eso es verdad) y que deberían salir a patrullar, y así, rumor tras rumor, en un bola de nieve de fuego esquizofrénica que crecía y crecía, hasta que de pronto todo se acabó. Volvió la calma como por arte de magia, nadie quiso comprobar nada y el miedo se disipó.

                Después de eso, llegó una caravana gigante de militares que se ocuparon toda la noche de destrozar la cancha, el último lugar verde y húmedo que quedaba en el pueblo, para instalar un campamento que hasta el día domingo no prestó ningún apoyo a la comunidad. A la mañana siguiente continuaron los trabajos de limpieza, algunos sitios por sus propios dueños, familiares y amigos como en nuestro caso, otros por entusiastas grupos de voluntarios caritativos que de cuando en cuando posaban para sus selfies y proferían estridentes gritos de ¡ce – hache – í!

Lo que nos queda

                El agua, el monocultivo, el DL 701, el modelo forestal, el duopolio, la desertificación, son palabras que no están en el aire en la comunidad de Santa Olga. Es comprensible, hasta cierto punto: la tragedia conlleva otras urgencias y la experiencia vital se torna inevitablemente más concreta, el día a día presenta el desafío de satisfacer las necesidades más básicas.

                No obstante, son necesarias de ser nombradas para que en el futuro no se hable más del SuperTanker privado y El Luchín ruso, de la repentina epidemia de piromanía o del primer terrorismo en el mundo que no reivindica nadie y no plantea un ápice de reflexión política, que de la prevención de los incendios y del avance hacia una relación armoniosa y equilibrada con la naturaleza.

                Esos inventos diseñados para la masa televidente de las megalópolis, sólo encubren la rabia y la tristeza de pobladores que lo perdieron todo, cuando ya perdían mucho trabajando para una industria forestal a la que no le importan nada.

                Son importantes de ser nombradas porque circula la noticia de que CMPC (Matte) reconstruirá el pueblo con la ayuda de Homecenter, Desafío Levantemos Chile y toda esa trama de solidaridad corporativizada, que es lo mismo que decir caridad capitalista, y es probable que no les importe matar los árboles que sobrevivieron, que no les importe la opinión de la comunidad y que pongan sus marcas en todos los lugares que les sea posible.

                El domingo en la tarde regresamos a Santiago Waria, satisfechos en algún extraño sentido de haber colaborado de manera directa, pero también apesadumbrados por esta catástrofe, peor que un terremoto por lo previsible y extensa en el tiempo, por la devastación física y, de una manera más profunda, por la devastación social.

                                                                                                                                             Martín Hualle

 

Fotos de Santa Olga después de la destrucción

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